Méchant moine, tu m'as tué!
("Malvado monje, ¡me has matado!").
(Enrique III, rey
de Francia, al ser apuñalado por el fraile dominico Jacques Clément).
La historiografía indigenista suele dar la idea de una conquista con un frente
hispanizador homogéneo y sin fisuras: una etnia europea mala que se impone a
una etnia indígena buena. También se tiende a pensar que el clero
formaba parte
integral de esta insólita maquinaria colonizadora, donde la Iglesia
católica y
el Estado español cooperaban y conspiraban en contra de los
desprecavidos
indios para mejor sojuzgarlos. La realidad, sin embargo, fue otra, mucho
más compleja.
Proponer una teoría de la conspiración según la cual la Iglesia estuvo
detrás de la independencia de Hispanoamérica es ir demasiado lejos, y es
necesario reconocer que muchos misioneros fueron hombres francamente
valientes
e idealistas, así como que la religiosidad estaba profundamente
implantada en
la psique de cualquier español y que muchos miembros del clero fueron
prohispánicos, pero lo que sí resulta claro es que la Iglesia no fue una
institución monolítica en su lealtad a España, ni impermeable a todo
tipo de
infiltraciones extranjeras. ¿Podía la Iglesia misma ser considerada una
potencia extranjera? La monarquía hispánica lo tenía claro, como veremos
enseguida.
Forma parte de la conducta de la Santa
Sede el multiplicar los naipes de su baraja para tener más posibilidades de
supervivencia en caso de que cambie el viento de la Historia: tener facciones
tanto ilustradas como regalistas, papistas, criollas, indígenas, hispanistas,
etc., ayudaba a Roma en su estrategia, que tenía muy poco de idealista y
mucho de frío pragmatismo adaptativo. Se trataba de diversificar las apuestas y
tener siempre un as en la manga. Y si los curas habían podido ser muy efectivos
levantando los ánimos españoles contra Napoleón, ¿por qué no podrían ser
igualmente efectivos contra los enemigos de la Iglesia al otro lado del charco? De
hecho, algunos de los personajes que veremos más abajo habían participado en la
Guerra de Independencia española, no por fervor patriótico (ya que traicionaron
a España en tiempo récord), sino más bien en defensa de los intereses del
Vaticano. Es una época en la que conviene promover la figura del cura-insurgente,
al estilo de los mulás y ayatolás de hoy en día, aprovechando el púlpito, la
impunidad religiosa, el asilo en sagrado y la plataforma de apoyo y visibilidad de la que disponían para
cumplir los siempre nebulosos designios de la Santa Sede.
Y es que la Iglesia era
un organismo
aparte, que tenía también su propia realidad y veía la hispanización de
una
forma muy distinta a como la veían los conquistadores. Por un lado, a
los
organismos globalistas (y la Iglesia es uno de los primeros organismos
globalistas de la Historia) siempre les ha interesado la proliferación
del
tercermundismo y de los bajos fondos, porque los pueblos tercermundistas
son
más fáciles de comprar y de infiltrar. Los indígenas, desarraigados,
descabezados
de sus líderes tradicionales, aun confusos y traumatizados por el choque
cultural, con sus mejores y más bravos hombres muertos en combate contra
el
español y sus mujeres a menudo en manos del invasor, eran carne de cañón
para
la maquinaria reclutadora del "Vaticano, SA", que siempre se ha
nutrido de la pobreza, la miseria, la desesperación y la incultura. La
Santa
Sede era una multinacional en busca de mano de obra barata… en este
caso,
creyentes baratos. Y la clave nos la da —quién si no— el ya mencionado
leyendanegrista
hispanófobo fray Bartolomé de las Casas, cuando describe a los indios
como
"los más simples", "obedientísimos", "delicados, flacos
y tiernos", "ovejas mansas" y añade que comen muy frugalmente.
Interesantes cualidades para una transnacional pulpoide, deseosa de
convertirse en la
principal beneficiaria del dumping social y la mano de obra en América.
Por el
contrario, los españoles son descritos por el cínico y astuto fraile
como
"lobos y tigres y leones crudelísimos de muchos más días
hambrientos", contrastando su ánimo conquistador, sindicalista,
conspirador, orgulloso, plusultrista, desafiante, vengativo y sediento
de oro con la plácida mansedumbre india. No dejaba de tener gracia que
el religioso omitiese que había infinidad de tribus indias
extremadamente belicosas, violentas y hostiles.
Por otro lado, los cardenales y obispos
de Roma debían ver con inquietud el auge del poder socioeconómico de una nueva
casta española basada en la propiedad privada al margen de la Iglesia y de la
Corona. La Iglesia quería ser ella la principal encomendera de América, pero,
claro está, sin calzarse el morrión y sin empuñar la alabarda, la espada, el
arcabuz, la ballesta o el arado. El caso es que detrás de los conquistadores
llegó toda una retaguardia de burócratas eclesiásticos, frailes y curas
sevillanos, vascos y/o jesuitas, que coaccionaron totalmente la espontaneidad
conquistadora natural de los españoles, de tal modo que el clero se adjudicó
aquello que (salvo excepciones, como algunas reducciones jesuíticas) no había
conquistado. Con el tiempo, los criollos les cogerán manía a los peninsulares
en general, viendo a los gachupines o chapetones como advenedizos inexperimentados
que, a pesar de no haberse molestado en comprender América, se permitían
adjudicarse sus frutos. Los criollos no diferían mucho de los afrikáners, los pied noirs europeos en Argelia y otras
vanguardias colonizadoras que se sentían incomprendidas por la metrópoli.
Encomendero español
maltratando a un indio. La ilustración procede del Códice Kinsborough,
mandado
compilar por un lord inglés en el Siglo XIX a partir del Códice Mendoza
del
Siglo XVI —elaborado a su vez por una colaboración entre frailes
españoles y escribas de la nobleza azteca. En su día, el virrey de Nueva
España mandó este códice a
Carlos I, teóricamente para informarle sobre los mexicas (aztecas), y en
la
práctica para predisponerlo a favor de los indios y en contra de los
encomenderos.
Las personalidades
eclesiásticas vinculadas a América se dedicaron a inquietar al rey con la
posibilidad de que las ambiciones de los encomenderos hiciesen sombra al poder
de la Corona y de sus virreyes, para que el Estado recortase todo lo posible el
poder de los criollos, a fin de que los eclesiásticos pudiesen ascender —gratis
y sin trabajo— en la escala de la sociedad colonial, y ser ellos los
encargados de administrar aquellas masas de indios. La Iglesia necesitaba una
reforma agraria, una expropiación, que pusiese en sus manos todas las tierras
monopolizadas por los criollos. Éste, y no el humanitario, es el verdadero
motivo de las Nuevas Leyes y otras disposiciones similares: que tanto la
Iglesia como la Corona estaban preocupadas de que surgiese lejos de Europa una
casta dirigente étnicamente española, demasiado poderosa y con sus propios
intereses regionales al margen de lo dictado desde el Vaticano, Toledo y
después Madrid.
El Vaticano, como Venecia, prefería las ciudades-estado, no las naciones-estado. Tanto Roma como Venecia habían sido enemigas de las concentraciones nacionales e imperiales en suelo europeo
desde el Bajo Imperio Romano, manteniendo Italia balcanizada, enfrentándose al
Sacro Imperio y maniobrando diplomáticamente para evitar la aparición de
grandes Estados. Tras Italia y Alemania, España será víctima de esta
misma política; al parecer, el Papado nunca perdonó que una combinación de
tropas españolas y alemanas saquease Roma en 1527. El descuartizamiento tanto
del Imperio Español como del Sacro Imperio los dividían en unidades mucho más
manejables para los mandarines de Roma, que, igual que los venecianos,
preferían vérselas con reyezuelos, príncipes y un mapa dividido que
proporcionaba un caldo de cultivo perfecto para la intriga, antes que con
emperadores y un mapa y un sistema unificados y cerrados.

Gracias a las
órdenes monásticas y al clero en general, la Iglesia poseía gran cantidad de
individuos totalmente sacrificados, adoctrinados, disciplinados, jerarquizados,
estériles y célibes (por ende capaces de consagrar sus energías a otras
tareas), académicamente formados, organizados, acostumbrados al trabajo de
papeleo, obedientes, austeros (baratos) y dispuestos a ser enviados a la otra
punta del planeta si así se les ordenaba. El hecho de que no trabajasen, ni
comerciasen, ni guerreasen, les permitía dedicarse íntegramente a labores
especulativas. La Iglesia acaparaba su talento y lo organizaba, estructuraba y
explotaba, pero no permitía que se reprodujese. El potencial de diplomacia,
espionaje, cultura e intriga de todo este aparato multinacional —cuyo
comportamiento era equiparable al de una sociedad secreta, una secta, una ONG y
un servicio de Inteligencia— era formidable. Varios elementos eclesiásticos
resuenan en la historia de Hispanoamérica: frailes dominicos, sacerdotes sevillanos
y vascos, misioneros jesuitas… En lo que a órdenes se refiere, los mercedarios
y franciscanos desembarcaron en 1493, los dominicos a partir de 1508, agustinos
1533, jesuitas 1566, capuchinos 1646…
Otro asunto que Roma no le perdonaba a
España fue que los reyes españoles jamás le permitieran al Vaticano mandar a un
nuncio papal (miembro del alto clero, generalmente arzobispo, que ejerce de
embajador de la Santa Sede) a las Américas para monitorizar más estrechamente
la evangelización de los indios. Ya Fernando el Católico le negó al papa
Alejandro VI la posibilidad de establecer un nuncio en las Antillas, y trabajó
incansablemente para asegurar que sus sucesores en el trono controlasen la
estructura organizativa de la Iglesia en Ultramar. Carlos I logró que toda
súplica de los obispos al Papa fuera remitida antes a la Corona, y en 1543
hasta lanzó una real cédula prohibiendo toda "injerencia extranjera"
en América, dejando caer, en un revelador guiño, que el Vaticano era
considerado una potencia extranjera. Felipe II le negó a Pío V su nunciatura de
Indias en 1568 (mismo año de la Junta Magna y las Instrucciones de Toledo, en
las que proyecta controlar más a la Iglesia) [17] y de nuevo en 1579, Felipe IV a Urbano VIII en 1629. En 1615,
un indio de Perú, Felipe Guamán Poma de Ayala, evidentemente teledirigido por
el clero, le proponía a Felipe III varias medidas eclesiásticas, entre ellas el
establecimiento de un clero indio y —cómo no— el envío de un nuncio
apostólico del Papa.
La persistente negativa de tantos
reyes, de dos dinastías distintas, se debe probablemente a que las embajadas
siempre han sido centros de espionaje y subversión y que, en lo que a estos
asuntos se refiere, la Iglesia jugaba en otra liga. Los reyes ya tenían
bastante con la nunciatura permanente de la Santa Sede en Madrid —a la que no
se le permitía entrometerse en los "asuntos americanos". ¿Para qué
quería el Vaticano más nuncios en Ultramar si aquellas posesiones pertenecían a
un Estado donde ya tenía nunciatura? ¿Pretendía el Vaticano balcanizar el
Imperio Español, como había hecho con Italia y con Alemania?
Portugal tampoco dio su
brazo a torcer nunca.
Las fronteras del vasto Brasil pudieron expandirse mucho más allá de las
marcadas por el Tratado de Tordesillas gracias a la iniciativa de los
bandeirantes, tenaces conquistadores paramilitares que habían encontrado
un porfiado enemigo en las profundidades del continente: la
Compañía de Jesús. Lejos de cualquier poder externo, los jesuitas habían
armado a los indios guaraníes de las
reducciones (misiones) y los habían entrenado militarmente para resistir
la
expansión portuguesa. Los jesuitas tenían buen motivo para combatir en
defensa de
aquellas zonas, ya que habían establecido verdaderos complejos
agroindustriales
y hasta minerales, como las minas de Paramillos de Uspallata (actual
Argentina), ricas en plata, plomo y zinc.
El caso es que, con estos precedentes
de por medio, la Santa Sede tardará mucho en obtener la golosina de su primera nunciatura papal en Iberoamérica. El
nuncio en cuestión, Pietro Ostini, se hará cargo de su puesto en Río de Janeiro. La fecha es tremendamente
tardía: 1830, cuando Brasil ya se había desligado de Lisboa. Seis años después,
también independizadas las repúblicas hispanoamericanas, el Vaticano
logrará al fin colocar en Bogotá a un internuncio (que no nuncio) para toda Hispanoamérica, el
obispo Cayetano Baluffi. Los sucesivos avances de Roma en el Nuevo Mundo serán
apoyados por grupos ultramontanos, capitaneados por antiguos cabecillas
separatistas que velarán también por la restauración de los jesuitas. La Santa
Sede conseguirá, por ejemplo, establecer un arzobispado en Buenos Aires en
1866, y un obispado en Montevideo en 1878. En ambos casos, un filojesuita será el máximo responsable.
Otro efecto de las emancipaciones
hispanoamericanas fue la supresión de las cofradías religiosas y
"guachivales" indígenas, donde el barniz cristiano, aplicado por
curas indolentes y de moral cuestionable, apenas si alcanzaba a tapar los
rituales y el imaginario colectivo precristianos locales. La brujería, el
chamanismo, la escasez de ropa, las referencias a santos y héroes paganos, las
juergas, las danzas, la "indecencia", el aguardiente y otras bebidas
populares a raudales, incomodaban a la Iglesia. El Vaticano llevaba queriendo
suprimir estas cofradías desde, como poco, la publicación de "Descripción geográfico-moral de la
diócesis de Goathemala" (1774) por el arzobispo Pedro Cortés y Larraz,
pero el objetivo será alcanzado por los procesos desamortizadores y de
concentración de tierras de las revoluciones liberales, alcanzando así una
mayor cristianización de las comunidades indígenas [18]. El Antiguo Régimen llegaba a su fin, sí, pero no sólo el
traído por los españoles, sino también el antiguo régimen indígena. Borrando
las señas de identidad de ambos pueblos, se podía producir más fácilmente el
mestizaje necesario [19] para
globalizar Hispanoamérica. Si bien había fuerzas a las que les interesaba
mantener a los indios en su identidad étnica para favorecer la separación
racial y establecer un sistema de castas orientado a su explotación laboral
(las cofradías no inquietaban a los encomenderos, que las controlaban a través
de los caciques), otras fuerzas buscaban igualar a los indios con los blancos
para explotarlos a todos por igual…

En un minucioso
viaje por la diócesis de Guatemala, el arzobispo Cortés y Larraz
resolvió que
la causa de la "indecencia" de los indios fuera de misa se hallaba en
las cofradías religiosas y guachivales, donde subsistía la idiosincrasia
de los
tiempos paganos. Solución: suprimirlas —eso sí, con cuidado— para mejor
integrar a los indios en la sociedad moderna. Su sueño será cumplido
después de la independencia. La otra queja era la pervivencia
del sistema de explotación económica que, burlando las Leyes de Indias,
tendía
a trazar una línea entre los criollos blancos y la población local,
frustrando
la posibilidad de un rebaño igualitario sometido a Roma.
A la inversa, la
Iglesia, perspicaz
como de costumbre, nunca accedió a la creación de un Patriarcado de las
Indias
Occidentales, sin duda recordando los problemas que le había causado el
Patriarcado
de Constantinopla cinco siglos atrás, cuando el Cisma de Oriente lo
convirtió
en una nueva iglesia separada de la romana. Fernando el Católico había
solicitado el Patriarcado de Indias Occidentales en 1513, pero el
Vaticano no
cedió. En 1524, Clemente VII accederá a hacer un paripé para Carlos I.
Nombrará
al arzobispo de Granada como Patriarca de Indias, pero con claras
restricciones
que le impedían ejercer de tal: el presunto patriarca no tenía
jurisdicción en el Nuevo Mundo, no podía cruzar el Atlántico so pena de
excomunión, no tenía sujetos dependientes en América, ni tierras, ni
podía
percibir rentas procedentes de Ultramar, y su sede debía permanecer en
Granada. Se trataba un pseudo patriarcado, de papel-cartón. Con ello,
Roma conseguía frustrar otro nuevo
proyecto de Iglesia Hispánica, evitando que los reyes españoles
convirtiesen al
patriarca de Indias en un vicario de toda la iglesia americana, a través
del
cual Madrid acentuaría la independencia del clero americano y tendría
bajo su
autoridad a toda la estructura eclesiástica del Nuevo Mundo, sin tener
que
contar con Roma salvo para los asuntos de fe (doctrinales,
filosóficos e ideológicos).
Si bien aquella breva no cayó, donde sí
se salió España con la suya fue con la creación de la primera sede episcopal
del Nuevo Mundo: la arquidiócesis de Santo Domingo (1511), en tiempos de Carlos
I. Esto desvinculaba a la iglesia indiana de la archidiócesis de Sevilla, donde
la influencia romana era fuerte.
En la creación de sucesivas arquidiócesis,
los reyes siguieron sus propios criterios sin contar con Roma, de modo que la
estructura eclesiástica pudo engranarse, integrarse y —allá donde se consideró
oportuno— subordinarse, a las estructuras militares, administrativas y
económicas. Del mismo modo, la labor misionera de la Iglesia en América estuvo
en buena medida supervisada y monitorizada por el Consejo de Indias (que formaba parte de la corte del rey),
por el que debían pasar todas las disposiciones del Vaticano a América y
viceversa. Lectura implícita: España estaba poniendo demasiados peros al poder
de la Iglesia allende los mares, España quería ser ella quien utilizase a la Iglesia, no viceversa…
El Siglo XVIII es una
época todavía peligrosa
para Gran Bretaña. Aunque Holanda ha sido arrinconada como rival, España
todavía gobierna un vasto imperio, Francia y España se encuentran
gobernadas por una misma dinastía, y a veces
cooperan en política exterior (será el caso de Norteamérica, donde tanto
España
como Francia apoyarán a los revolucionarios de George Washington). Desde
Madrid,
los Borbones, coincidiendo con una racha particularmente mala de
desencuentros
con el Vaticano, lucharon denodadamente contra "la doctrina jesuita
sobre
el origen de la autoridad". Felipe V, primer rey borbón, expulsó de
España
al nuncio papal en 1709, rompió relaciones con la Santa Sede y animó a
los
obispos españoles a independizarse de Roma. Probablemente estaban
alertados por
los casos de los pasados reyes franceses Enrique III (asesinado por un
fraile dominico en el Siglo XVI) y Enrique IV (asesinado por los
jesuitas en el Siglo XVII), ambos eliminados a
instancias del clero, que se oponía a la concentración del poder en
manos de un
estado nacional francés. Estos regicidios ideológicos habían sentado un
inquietante
precedente para los que se producirían en Inglaterra bajo Cromwell y de
nuevo
en Francia durante la revolución francesa. Los reyes españoles no tenían
ninguna intención de ser los siguientes en la macabra lista.
Carlos III, regalista
convencido y uno
de los mejores gobernantes que ha tenido España, comenzó su reinado
determinado
a recortar el poder del Vaticano en general y de los jesuitas en
particular, y
caldeó el ambiente promoviendo catecismos en los que se negaba la
infalibilidad
del Papa. En 1767, en buena parte debido al Motín de Esquilache
(promovido por los jesuitas el año anterior), Felipe V expulsó a la
Compañía de Jesús de sus dominios (incluyendo
América) y al año siguiente prohibió directamente la obra del jesuita
Francisco
Suárez, una de las piedras angulares de la Escuela de Salamanca, del
"derecho de gentes", la protección a los indios, el tiranicidio
ideológico y las teorías
escolásticas de soberanía popular claramente precursoras de la
revolución
francesa. Decía el jesuita que "La soberanía no reside en ningún hombre
en
particular, sino en la colectividad de hombres, o sea, en el pueblo. En
efecto,
todos los hombres nacen libres y ninguno posee naturalmente jurisdicción
política sobre otro". Con ello, aniquilaba toda noción de orden
jerárquico.

Las órdenes
religiosas constituían verdaderas multinacionales, a medio camino entre
los servicios de Inteligencia, las ONGs, los círculos de estudios
académicos, la banca y la gran empresa. El hecho de que existiesen
varias ayudaba a diversificar los naipes en la baraja de la Iglesia y
favorecía que compitiesen entre ellas para ser las favoritas de la Santa
Sede y así obtener el favor papal y más poder. De los jesuitas, dirá
Napoleón que se trata de una organización militar y no religiosa.
Primera fila: franciscanos (también capuchinos), mercedarios, dominicos, jesuitas (Compañía de Jesús).
Segunda fila: agustinos, San Juan de Dios, carmelitas.
La monarquía hispánica había conseguido
obtener un alto grado de control sobre la Iglesia en Ultramar gracias al
Patronato Real, una institución de tiempos de Carlos I, en virtud de la cual
los reyes nombraban a los principales jerarcas del clero en América, percibían
los diezmos en vez de Roma, etc. A cambio, los clérigos debían limitarse a actuar
como correa de transmisión de la hispanización del continente, enseñar oficios
modernos a los indios y predicar la sumisión a Castilla. En época de las luchas
separatistas, esto determinó que el alto clero fuese razonablemente fiel a
Madrid (por ejemplo, a raíz de la insurgencia hispanófoba, no hubo obispo en la
diócesis de Buenos Aires durante 18 años), mientras que el bajo clero —pleno de
criollos desafectos, criptojesuitas y agitadores en contacto directo con las
masas indias, y generalmente más fieles a Roma que a Madrid— mezcló
en un extraño refrito las teorías francesas ilustradas con las jesuíticas para
justificar sus revoluciones. El "pacto social" de Tomás de Aquino se
confundió con el "contrato social" de Rousseau, mientras que el
"derecho de gentes" de Francisco Suárez se mezcló con la "Declaración
de Derechos del Hombre" predicada por los guillotinacuellos y
ensartacabezas de la Place de la Concorde. En parte era de esperar, ya que en
los dos últimos siglos, en las universidades americanas predominaban las
cátedras de Filosofía, Teología y Derecho (las ciencias sólo estarán
tímidamente representadas por Medicina y Matemáticas, y sólo en algunas
facultades), donde las doctrinas de la Escuela de Salamanca, los jesuitas y los
ilustrados franceses se amalgamaban por pura simpatía. En dichas universidades,
bajo la hegemonía cultural, académica e intelectual jesuítica, se formaba lo
más granado de la juventud criolla. Estando las facultades totalmente
controladas por el clero, sorprende que hubieran podido filtrarse ideas
ilustradas sin la aquiescencia de éste.
Cuando llegó el momento, el catolicismo
no fue ajeno a la "liberación" del continente. Las independencias
hispanoamericanas están trufadas de simbología religiosa, profesiones de fe
católica en las constituciones, banderas con imágenes de la Virgen, invocaciones
a tal o cual santo, procesiones tras la toma de las plazas, campanas repicando
tras batallas ganadas y catecismos hispanófobos y republicanos de aroma jesuítico.
Existen también ejemplos humanos muy claros de agentes eclesiásticos trabajando
para carcomer la arquitectura imperial de España en el Nuevo Mundo, la mayor parte de ellos educados en colegios jesuitas.
En la tierna fecha de 1797 ya tenemos
en Nueva España al monje franciscano Juan Ramírez de Arellano, resuelto
defensor de los indios, encarcelado por la Inquisición por llamar tiranos a
todos los reyes del mundo y declarar que los enciclopedistas franceses eran los
salvadores del "género humano", agregando que Voltaire era el Papa
del siglo —todo lo cual no le impedirá llegar a obispo de Guatemala. Tuvieron
su papel también los curas-revolucionarios José María Morelos, Mariano
Matamoros, José Guadalupe Salto, el fraile carmelita Gregorio de la Concepción y
Miguel Hidalgo y Costilla. Poco antes, se había publicado el "Itinerario para pueblos para párrocos
de indios" —un libreto jesuita en el que se explica que "los
clérigos pueden tomar las armas lícitamente cuando hay alguna grave necesidad
en utilidad grande de la república".
Ensalzar la igualdad y hablar de "nuestra santa
revolución" no salvó al cura Miguel Hidalgo de la ironía de ser
decapitado por un indígena tarahumara prohispano. También en México encontramos a Juan de Villeras, Luis
Herrera (ambos de la orden de San Juan de Dios y partícipes en la insurgencia
de San Luis Potosí) y al presbítero Juan Pastor Morales —profesor de seminario
conciliar que aprobó la decapitación de Luís XVI en Francia y animó a hacer lo
mismo con el Rey de España.
El caso del dominico
novohispano Servando
Teresa de Mier resalta mucho por su cariz indigenista y anglófilo. Este
fraile, pastor de indios, asimiló Quetzalcoatl a Santo Tomé y Tonantzin
con la Virgen
de Guadalupe. Con ello pretendía demostrar inverosímilmente que los
mexicas ya eran
cristianos antes de la hispanización, y reclutar seguidores entre las
masas
locales de indios. Después de jugar al gato y al ratón con las
autoridades
españolas y la Inquisición, el religioso abrió una academia de idiomas
en París
con Simón Rodríguez (profesor de Simón Bolívar). Tras haber convertido a
dos
rabinos judíos al catolicismo, fue hecho prelado del mismísimo Papa.
Durante la
Guerra de Independencia española, trabajará con el general británico
Blake y
participará en la Logia Lautaro, que ya tenía sedes en Cádiz, Londres y
Baltimore. En Londres, colaborará con la publicación "El español",
que apoyaba a las insurgencias hispanófobas. El padre Cuevas, en fin,
estimó en
6.000 los clérigos que participaron en la insurgencia antiespañola, de
un total
de 8.000 personal eclesiástico para todo México. El predominio tan
descarado de individuos étnicamente españoles en el movimiento
independentista mexicano llevó al historiador Ernest Gruening a escribir
que la independencia mexicana "resultó ser un negocio perfectamente
hispánico, entre europeos y gentes nacidas en América... una lucha
política dentro de la misma clase reinante".

Fray Servando Teresa de Mier.
En el ámbito rioplatense
(aproximadamente actuales Argentina, Paraguay, Uruguay y parte de
Bolivia), las Actas Capitulares de Buenos Aires fueron firmadas por 26
sacerdotes, entre otros. Encontramos aquí al cura Gregorio Funes, fray
José
Benito Monterroso, fray Cayetano José Rodríguez, de los franciscanos,
Pedro
Ignacio de Catro Barros, el dominicano Justo Santamaría de Oro (que
ayudó a
canalizar la correspondencia secreta de San Martín), Luís José de
Chorroarín y
Juan Ignacio Gorriti.
En el Virreinato de Perú (actuales
Perú-Chile) tampoco faltaron los curas hispanófobos, como Francisco Javier Luna
Pizarro, Camilo Henríquez (fan de la "ilustración universal" que
consideraba que los tres siglos del Imperio fueron "de infamia y de
llanto") o el fraile franciscano Antonio Orihuela, que había proclamado
"Borrad si es posible, del número de los vivientes a esos seres malvados
que se oponen a vuestra dicha, y levantad sobre sus ruinas un monumento eterno
a la igualdad". Frase que hubiera podido firmar el mismísimo Robespierre.
La Ilustración, el cinismo eclesiástico, el hedor jesuítico, el imperialismo británico, el comercio internacional y el
pseudocomunismo se mezclan a partes iguales.
En zona novogranadina (grosso modo
actuales Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá) se destacaron el obispo José de
Cuero y Caicedo —ex alumno de los jesuitas—, Juan Fernández de Sotomayor,
Andrés María Rosillo (que llegó a ser encarcelado con otros 200 sacerdotes) y
el cura José Cortés Madariaga, que propuso la igualdad social absoluta, la
abolición de la esclavitud y la redistribución de tierras. En el acta de
independencia de Colombia del 20 de Julio de 1810, un tercio de los firmantes
fueron sacerdotes.
En zona salvadoreña, tenemos a los
sacerdotes José Matías Delgado y Nicolás Aguilar, primos hermanos que fueron
próceres de las Provincias Unidas del Centro de América, una entidad
territorial destinada a la yugoslavización. Con capital en Guatemala, este
engendro geopolítico se separó de la antigua Nueva España, abarcando todo lo
que hay entre las actuales México y Panamá. En Costa Rica, el sacerdote y
diputado Florencio de Castillo, una vez promulgada la constitución española de
1812, denunció el repartimiento de indios… por su incompatibilidad con los
principios liberales.
Puede que sea algo
arriesgado afirmar,
con Jorge Tadeo Lozano, que la yugoslavización del Imperio Español fue
una
"revolución clerical", pero lo que está claro es que el bajo clero
(menos sometido al Patronato pero también menos comprometedor para la
Santa
Sede) tuvo un papel estelar en el proceso, junto con la Masonería, las
oligarquías criollas y los intereses estratégicos y comerciales de los
rivales del Imperio Español.
El clero y la
balcanización de Hispanoamérica. La mayoría de estos hombres no tenían una gota
de sangre india.
Primera fila: Andrés
María Rosillo, Camilo Henríquez, Francisco Javier Luna Pizarro, Juan de
Mariana.
Segunda fila: José
Cuero y Caicedo, José Cortez de Madariaga, Juan Ignacio Gorriti, Justo
Santamaría de Oro.
Tercera fila: Juan
Ramírez de Arellano, Juan Fernández de Sotomayor, Mariano Matamoros, Miguel
Hidalgo.
La balcanización de España a manos del
Vaticano no se detendría aquí. Podrá verse de nuevo en las Guerras Carlistas y
en las pésimas relaciones que el franquismo mantuvo con la Santa Sede, con
Arias Navarro considerando que la Curia romana era "gentuza que odia a
España". Podrá verse en el apoyo, de matriz jesuítica, que tuvo siempre el
nacionalismo vasco en la Iglesia, en los obispos catalanistas, en el asilo que
prestaban las iglesias a los manifestantes izquierdistas o en los curas
obreros posconciliares que, en la época de furor de la Teología de
la
Liberación y la protestantización del discurso y del ritual católico,
guitarra en mano (lo del instrumento musical ya había sido empleado
con éxito durante la evangelización de América), constituían la
principal
referencia de estudiantes desnortados y vagamente izquierdistas. Y lo
seguimos
viendo en el apoyo abierto que Roma brinda hoy a la implantación y
multiplicación del
tercermundismo en España, con ONGs como Cáritas marcando el camino. Si
bien
esto no puede constituir un ataque contra la fe católica o las
tradiciones
religiosas, es innegable que la multifacética Iglesia ha tenido
corrientes que
han obrado entusiastamente en contra de la idea de España como nación,
así como
de los grandes bloques geopolíticos occidentales en general y europeos
en particular.

[17] "El
Tercer Concilio Limense y la aculturación de indígenas
sudamericanos"
(Franceso Leonardo Lisi).
[18] "La
cofradía indígena: reducto cultural de los mayas" (Flavio Rojas Lima).
[19]
A principios del Siglo XVI, Nicolás de
Ovando ya propuso el mestizaje como forma de hispanización. El primer
presidente de Paraguay, José Gaspar Rodríguez de Francia, llegó a
prohibir en
1814 los matrimonios entre españoles étnicos. Rómulo Gallegos,
presidente de Venezuela,
también consideraba que, para erradicar las identidades de mantuanos e
indígenas, debían fomentarse los matrimonios mixtos. En el extremo
opuesto, tenemos al dictador de la República Dominicana Rafael Leónidas
Trujillo, empeñado en "blanquear" o "refinar" la "raza" del país. Para
ello, fomentó la inmigración de judíos franceses, exiliados republicanos
españoles, italianos, eurodescendientes de otros países iberoamericanos
y hasta campesinos japoneses. Su objetivo era frenar la haitización de
su país. Sus políticas antinegras culminaron con atrocidades como la
Masacre del Perejil (1937).
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