Una larga
experiencia quirúrgica me ha demostrado de forma concluyente que hay
algo radical y fundamentalmente equivocado en el estilo de vida
civilizado, y creo que, a menos que las costumbres dietéticas y
sanitarias de las naciones blancas sean reorganizadas, la decadencia
social y el deterioro de la raza son inevitables.
(Sir William Arbuthnot Lane,
1856-1943, cirujano escocés y uno de los profesionales sanitarios más
distinguidos del Reino Unido en su tiempo).
Es bien sabido que la
dentadura, por lo milimétrico de su configuración, es un buen indicativo
de la salud de un individuo: durante las épocas de esclavismo, lo
primero que solía hacerse antes de adquirir un esclavo era comprobar el
estado de su dentadura, para ver si se trataba de un individuo bien
constituido y alimentado correctamente desde la infancia.
Tradicionalmente las unidades militares de élite concedían también mucha
importancia a la salud dental y, a día de hoy, se sigue dando prioridad
a individuos de dientes sanos para ser astronautas, pilotos o
buceadores. Actualmente, la frecuencia de caries y defectos dentales
entre los países más modernizados ronda el 85-99%, tratándose quizás de
la afección más común. Además, existían otros problemas comunes, como
por ejemplo la falta de espacio para las muelas del juicio, debido a un
subdesarrollo de la mandíbula, que a su vez evidenciaba una falta de
desarrollo del esqueleto. Eso, junto con los cuerpos desvencijados y la
salud deplorable de la inmensa mayor parte de la población "civilizada"
actual, era evidencia más que suficiente de que, ya en los años 30 del
siglo pasado, algo olía a podrido en el estilo de vida moderno.
Uno de los especialistas que
percibió agudamente este hecho fue el Dr. Price (1870-1948), un
dentista y nutricionista americano de Cleveland, Ohio, que estaba
escandalizado por los índices de deformaciones dentales y mandibulares
que se estaban alcanzando en su país, hasta el punto de que era
prácticamente imposible encontrar a alguien con una dentadura normal y
bien ajustada.
Dr.
Weston A. Price (1870-1948), llamado "el Darwin de la nutrición",
procedía de una estirpe de calidad. Era el noveno de doce hijos, entre
los cuales se contaban un inventor, un médico, dos dentistas, un
ministro metodista y un granjero de éxito. Un sobrino suyo fue un famoso
escritor y explorador para el National Geographic. La familia
Price podía rastrear su origen a un linaje de nobles célticos centrados
en la población de Brecon, en Gales (Gran Bretaña), desde al menos el
año 230 EC.
Price, muy familiarizado con
los beneficios de la vida de campamento, estaba convencido de que estos
defectos dentales no eran genéticos, sino que se debían a una serie de
hábitos antinaturales, especialmente alimentarios, dañinos para la
salud. Él consideraba que la dentadura es la primera línea de frente
para las "alertas sanitarias" del cuerpo, que la pésima salud dental de
las naciones occidentales era sólo el principio, y que evidenciaba un
grave problema nutricional y sanitario que amenazaba con provocar la
caída de la raza blanca. Su búsqueda de la dentadura perfecta lo llevó a
realizar un estudio de 10 años, durante los cuales viajó con su esposa
Florence por zonas aisladas de todo nuestro planeta, con el objetivo de
estudiar a miles de individuos de comunidades "primitivas" que no habían
sido tocadas por la civilización industrial —y a veces ni siquiera por
la agricultura.
Los grupos estudiados por
Price incluían pueblos apartados de los valles suizos, comunidades de
herencia céltica de las Islas Hebridas Exteriores, pescadores irlandeses
de habla gaélica, indígenas de ambas Américas, esquimales, isleños
melanesios y polinesios, diversas tribus africanas, aborígenes
australianos, maoríes neozelandeses, etc. Entre estas gentes, de
composiciones raciales, dietas y procedencias extremadamente diversas,
el Dr. Price encontró una proliferación de arcos dentales totalmente
perfectos y en sintonía con el plan de la Naturaleza. Ello venía a
confirmar sus sospechas de que, en la mayor parte de casos, la
decadencia dental se debía a deficiencias nutricionales (tanto de los
padres como del mismo individuo durante su etapa de crecimiento), no a
defectos genéticos hereditarios.
Nativos
de la Isla de Harris, en las Islas Hebridas Exteriores, al noroeste de
Escocia. Son hermanos, sin embargo el de la izquierda usa comida moderna
y el de la derecha sigue con la dieta tradicional de sus antepasados.
El primero tiene una dentadura defectuosa y una cara estrechada debido a
un desarrollo esquelético mal efectuado (debido, a su vez, a una
deficiencia o mala asimilación de minerales). El segundo tiene una cara
ancha, una dentadura perfecta y mejor constitución física.

El cuadro era similar en todas las etnias "primitivas" que visitó el Dr.
Price: rostros anchos, aletas nasales desarrolladas, arcos dentales
afilados y encajados con perfección milimétrica, tasas de caries de
menos del 1%, en suma: buena salud. Estos individuos son de procedencias
y composiciones raciales muy diversas, pero todos tienen en común su
adhesión a la dieta tradicional de sus respectivos antepasados y su
consideración como "aldeanos", "atrasados", "pobres", "paletos", "poco
desarrollados" e incluso "tercermundistas", por parte del mundo moderno.
Sin embargo, ninguno de estos individuos ha necesitado pasta de
dientes, cepillos, antisépticos bucales, ortodoncia, dentistas o
cirujanos plásticos para tener una dentadura totalmente perfecta.
RASGOS DE LA DIETAS TRADICIONALES
Price pronto se dio cuenta
de que la perfección de los arcos dentales era sólo la punta del
iceberg, y que la salud de los individuos examinados iba muchísimo más
allá de la dentadura. Estas son algunas de las ideas que sonsacó sobre
las dietas tradicionales en su estudio, Nutrition and Physical Degeneration ("Nutrición y degeneración física"):
• Los análisis de
laboratorio revelaron que las dietas tradicionales contenían cantidades
extraordinariamente altas de proteínas y aminoácidos. Todas las dietas
tenían al menos una fuente de proteína
cruda y no-alterada, procedente
de carne, marisco, pescado, nueces, huevas de pescado ("caviar") o
semillas germinadas de alta calidad. Hoy sabemos que la
revolución carnívora es la que nos hizo evolucionar, desarrollando nuestro cerebro y convirtiéndonos en humanos.
• Las dietas tradicionales aportaban, como poco,
cuatro veces la
cantidad de vitaminas hidrosolubles (que se disuelven en agua, como la B
y la C), de calcio y de otros minerales, que las dietas industriales
modernas.
• También aportaban, como poco,
diez veces (!)
la cantidad de vitaminas liposolubles (que se disuelven en grasa, como
la A y la D) que las dietas industriales modernas. Estas vitaminas,
además, se absorbían mucho mejor gracias a la abundancia de grasas
animales en la dieta. Las vitaminas liposolubles actúan como
catalizadoras para la absorción de minerales, la producción de
testosterona, la mejor utilización de las proteínas y la construcción de
tejidos, por lo que su efecto más notable es una mayor corpulencia
tanto en lo óseo como en lo muscular.
• Elevada ingesta (más
elevada cuanto más baja era la temperatura ambiente) de grasas saturadas
de origen animal. Según las zonas, estas grasas procedían de la
mantequilla, el pescado, el marisco, los órganos animales o el aceite de
foca, ballena o hígado de bacalao. Según la etnia y la latitud (por
regla general, más grasa cuanto más al Norte y más frío), la grasa
constituía del 30 al 80% de calorías de la dieta, de las cuales sólo el
4% venía de aceites poliinsaturados de origen vegetal. El balance de
calorías obtenidas de la grasa era principalmente entre ácidos grasos
saturados y monoinsaturados. La grasa animal aportaba diversos factores
liposolubles, incluyendo las mencionadas vitaminas y un elemento llamado
"Activator X" por Price, que ahora se cree es la vitamina K
2.
• Las dietas "primitivas"
contenían cantidades similares de ácidos grasos esenciales omega-6 y
omega-3. Esto contrasta con las dietas modernas, que tienen muchísimo
más omega-6 que omega-3. (Actualmente, para obtener omega-3, además de
vitaminas liposolubles, es recomendable tomar aceite de hígado de
bacalao).
• Tenían alto contenido en
enzimas y bacterias beneficiosas procedentes de vegetales
lacto-fermentados, frutas, bebidas, derivados lácteos, carnes y
condimentos.
• Los productos de origen
animal, especialmente los procedentes de la caza y el marisqueo, gozaban
de excelente consideración. Las carnes de órganos (especialmente
hígado, corazón, sesos, criadillas, tuétano y riñones) tenían el mayor
prestigio, seguidas por las grasas y las carnes musculares.
• Los métodos de
almacenamiento y conservación de alimentos apenas alteraban el perfil
nutritivo de la comida: enterramiento, desecación, deshidratación,
congelación (sólo en los climas fríos), etc.
• La mayor parte de los
alimentos se comían crudos, poco cocinados o cocinados de manera
extremadamente lenta y prolongada, "a fuego bajo", de modo que se
conservaban todos los nutrientes intactos. Uno de los métodos observados
para cocinar carne "a fuego lento" era hacer un hoyo en el suelo,
colocar piedras ardientes, cubrirlas de hierba, colocar carne encima,
más hierba encima, cubrirlo todo de tierra y dejar entre medio día y un
día.
• Ningún alimento estaba
refinado, desnaturalizado, adulterado o despojado de fibras. Esto
contrasta con abominaciones modernas como el azúcar refinado, el jarabe
de maíz alto en fructosa, la harina blanca, las comidas enlatadas o en
sobre, la leche pasteurizada, homogeneizada o desnatada, las grasas
hidrogenadas o los aditivos químicos.
• Las etnias que practicaban
la agricultura lo hacían en suelos con riqueza mineral natural, y no
utilizaban pesticidas ni abonos químicos. Asimismo, tenían mucho cuidado
de no agotar la riqueza mineral del suelo, dejándolo reposar y no
sobreexplotándolo mediante una agricultura demasiado intensiva.
• Había acceso a fuentes de
agua mineral natural de alto valor para el organismo humano. No existía
la contaminación y no era necesario tratar el agua con aditivos tóxicos
como el cloro o el flúor. A diferencia de la sociedad industrial, no se
canalizaba el agua por tuberías metálicas que aportaban metales tóxicos
para la salud humana.
• Las semillas, las nueces,
los granos de cereales, las leguminosas y otros alimentos problemáticos
eran puestos a remojo, germinados, fermentados o levados para
neutralizar ciertos anti-nutrientes naturales (como inhibidores
enzimáticos, taninas y ácido fítico). Sólo después de esta preparación
se consideraban aptos para el consumo humano.
• Todas las etnias
examinadas llevaban al cabo actividad física intensiva en el día a día.
Esta actividad podía venir en la forma de deportes, trabajos de campo,
construcción de casas, juegos, danzas folklóricas, concursos y
competiciones, caza, desplazamientos nomádicos o recolección.
• Todos los individuos
pasaban buena parte del día fuera de casa, en contacto con el aire puro y
la luz del Sol, y ello incidía positivamente en sus niveles de vitamina
D, que a la vez incidían positivamente en la fortaleza esquelética y
otros factores. Además, estaban poco protegidos contra las intemperies
de todo tipo.
• Generalmente los dulces,
incluso los naturales, se comían con poca frecuencia, y cuando se hacía
era con ocasión de rituales o festividades especiales.
• Todos los grupos
observaban etapas periódicas de ayuno total, durante los cuales no
ingerían absolutamente nada que no fuese agua. Estos ayunos tenían un
papel ritual relacionado con la purificación y ayudaban a depurar la
corriente sanguínea, purgar toxinas y renovar los tejidos del organismo.
• Importancia de la
alimentación preconceptual y prenatal. En todas las etnias, se prestaba
atención a la alimentación de las parejas jóvenes durante la "luna de
miel". Tanto para el esposo como para la esposa, durante la etapa de
concepción, se les reservaba una mayor proporción de productos de origen
animal densos en nutrientes (huevos, pescado, marisco, caza, etc.),
para aumentar la vitalidad, la libido, la calidad del semen del varón y
las reservas biológicas de la mujer con vistas al embarazo (actualmente
sabemos que las reservas de vitamina A en el cuerpo de la mujer se
agotan durante el embarazo y es necesario reponerlas). Estos alimentos
también eran considerados importantes para la mujer durante la gestación
y la lactancia, y después de eso, para el niño durante los años de
crecimiento. Se consideraba que estos procesos daban como resultado
niños fuertes, sanos e inteligentes.
• Se hacía uso de los huesos
animales, generalmente en la forma de caldos de hueso ricos en
gelatina, que ayudaban al cuerpo a desintoxicarse y aportaban gran
cantidad de minerales de alta biodisponibilidad.
• Todas las madres
amamantaban ellas mismas a sus hijos, lo hacían durante un tiempo más
prolongado que en las sociedades civilizadas y no tenían problemas en la
producción de leche materna.
LECCIONES DEL ESTUDIO DE PRICE
Los resultados de estas
condiciones de vida tan ideales no se hacían esperar. En el mencionado
estudio, el Dr. Price sonsacó interesantes conclusiones acerca de la
calidad biológica de los pueblos "atrasados", con vistas a mejorar la
alimentación y constitución física de los pueblos "adelantados":
1. Constitución esquelética óptima. Debido
al mayor aporte y mejor absorción de vitaminas (especialmente
liposolubles) y minerales, así como a la elevada ingesta de grasas, la
densidad ósea de los individuos era mucho mayor que la de sus
compatriotas "civilizados". Esa densidad ósea se manifestaba en un
esqueleto mejor mineralizado y más pesado, y un rostro más ancho. El
rostro más ancho se manifestaba a su vez en una mandíbula más ancha, con
lo cual los dientes no se apelotonaban y crecían ordenados y rectos, con
sitio de sobra para las muelas del juicio. Además de formar arcos
dentales perfectos, los dientes son fuertes y carecen de caries y otros
defectos, debido a la excelente mineralización. Las fracturas óseas eran
asimismo muy poco frecuentes.
Las cifras están sacadas de "Paleopathology at the Origins of Agriculture" (Mark
N. Cohen), y se refieren a la zona del Mediterráneo Oriental,
incluyendo Grecia y Turquía. Es preciso dejar claro que este cuadro,
aunque da la impresión de una evolución ininterrumpida, no refleja las
invasiones, cambios de composición racial, diversidad étnica o
diferencias de clase social. Por ejemplo, la nobleza siempre estuvo
mejor constituida que el campesinado debido a su mayor consumición de
productos animales. Los esqueletos de tumbas micénicas en Grecia (1500
AEC) muestran que la aristocracia tenía una mejor alimentación que la
plebe, ya que tenían estaturas de 5 a 7 cm más altas y dentaduras mucho
mejor formadas y con menor índice de defectos. Además, la aristocracia
solía ser de composición racial distinta a la del pueblo bajo. Con todo,
los términos medios resultan bastante indicativos, y sobre todo es
interesante comprobar cómo la calidad de vida, reflejada en la
constitución esquelética, sufrió un colapso absoluto en cuanto se adoptó
la agricultura, tocando fondo durante el Neolítico tardío y renaciendo
ligeramente con el advenimiento de los pueblos indoeuropeos.
2. Índices pélvicos óptimos, alta fertilidad. Por
lo general, las mujeres se quedaban facilísimamente embarazadas y daban
a luz a una edad joven y con poco sufrimiento. Esto concuerda con el
registro fósil de cazadores-recolectores paleolíticos, que muestra
índices pélvicos (proporciones del canal pélvico, a través del cual se
da a luz) ideales para el parto. Los problemas reproductivos
(esterilidad, baja fertilidad, baja libido, impotencia) tanto de mujeres
como de hombres, eran prácticamente desconocidos. Una esquimal de
Alaska examinada por el Dr. Price había tenido 26 hijos (!). Muchos de
sus partos tuvieron lugar durante la noche y ella sola se bastaba para
dar a luz sin ayuda. Ni siquiera despertaba a su marido, sino que paría
en silencio y le presentaba a su nuevo hijo a la mañana siguiente.
Todos sus 26 hijos tenían dentaduras perfectas.
Esta mujer esquimal tiene una sólida constitución facial y una buena
dentadura, a pesar de que debido a golpes, le falta un diente y tiene
otro roto. Tuvo 26 hijos, todos de dentadura perfecta. Los esquimales
comían cantidades récord de grasa animal procedente de mamíferos
acuáticos como la foca, la morsa o el narval.
3. Armonía corporal. En
todas las comunidades estudiadas, no había prácticamente hombres o
mujeres que tuviesen la cintura más ancha que las caderas, a pesar de
las inmensas cantidades de grasas animales saturadas (incluyendo
colesterol) en sus dietas. Esto contrasta enormemente con la sociedad
actual, que cada vez consume menos grasas saturadas, pero que cada vez
padece más casos de obesidad, debido al consumo indiscriminado de
féculas concentradas, azúcares refinados, harinas blancas, edulcorantes
artificiales y otras sustancias indeseables desprovistas de enzimas y
disparadoras de la insulina.
4. Ausencia de enfermedades degenerativas. Prácticamente
no había casos de diabetes, cáncer, alzheimer, obesidad, gota, reuma,
hipertensión, artritis, diversas formas de esclerosis, osteoporosis,
raquitismo, encorvamiento de la columna, etc., y se gozaba de mayor
inmunidad a las enfermedades infecciosas (como la tuberculosis). No se
encontraban entre ellos enfermedades cardiacas, infartos, alergias,
asma, dolores de cabeza, fatiga muscular, narcolepsia y otras muchas
plagas que la sociedad moderna da por sentadas como si fueran normales o
formasen parte de la condición humana. Además desconocían males
psicológicos ridículos del mundo moderno, como la neurosis, la histeria,
la esquizofrenia, la anorexia, la ansiedad, la bulimia, los transtornos
bipolares o la depresión, por lo cual tenían una actitud optimista,
segura y confiada ante la vida. Las principales causas de muerte eran
accidentes e infecciones. Este cuadro contrasta con las catastróficas
tasas de enfermedades psicofísicas de las sociedades "avanzadas",
sociedades que sólo perduran gracias a toda una industria farmacéutica
volcada en prolongar antinaturalmente la cantidad de vida humana a costa
de reducir drásticamente su calidad.
5. Continuidad de la tradición ancestral. Con
el fin de proteger y perpetuar su herencia genética, estas sociedades
estaban en condiciones de instruir a sus nuevas generaciones en la
sabiduría de los antepasados y en las costumbres tradicionales. De
nuevo, esto contrasta con las sociedades "avanzadas", que han
desarraigado al individuo de su marco ancestral, vaciándole de toda
tradición e insuflándole luego todo un bagaje de comportamientos
artificiales y prefabricados que dañan al código genético.
6. El modus vivendi del mundo moderno es dañino para la especie. Bajo
un punto de vista estrictamente sanitario, evolutivo y de calidad
humana, ateniéndonos exclusivamente a la armonía y salud física y
psicológica, tal y como haría un médico examinando a un paciente, el
contacto con la civilización fue desastroso para todos los grupos
estudiados. Price observó que cuando una pareja "primitiva" se pasaba al
estilo de vida civilizado, concebía hijos con una configuración
esquelética, facial y dental inferior: rostros estrechados y por tanto
dientes apiñados y/o mal colocados debido a mandíbulas demasiado
pequeñas, problemas con las muelas del juicio, aletas nasales mal
desarrolladas (incluso casos de complicaciones respiratorias que
bloqueaban las vías nasales y obligaban a respirar exclusivamente por la
boca), defectos de nacimiento, conductas erráticas presagiadoras de
enfermedades mentales y una susceptibilidad aumentada a las enfermedades
infecciosas y crónicas. Significativamente, cuando estas parejas
volvían a sus costumbres ancestrales, los defectos de los niños dejaban
de empeorar, y los hijos concebidos en adelante ya gozaban de una
constitución física y mental perfecta. Éste era uno de los hechos que
desmentía la posibilidad de que la perfección dental fuese un factor
exclusivamente genético o resultante de la selección natural.
Hoy los hombres modernos se enorgullecen de su estilo de vida, como si tuviese
un gran mérito pulsar un botón o agarrar un volante, o como si cada uno
de ellos hubiese inventado personalmente la máquina de vapor o la
imprenta. Lo que menos se le pasa por la cabeza al "señorito satisfecho"
del que hablaba Ortega y Gasset, es que el modus vivendi actual
casi parece diseñado adrede para erosionar la calidad biológica del ser
humano y enfermarlo —por no hablar del desgaste producido sobre nuestro
planeta. Esta situación no es sostenible y no sólo entrará en crisis y
colapsará, sino que es deseable que así sea.
7. La escoria genética moderna es el resultado de la civilización. Los
estratos sociales inferiores, los delincuentes, los defectuosos y gran
parte de la población penitenciaria del mundo civilizado, tienen rasgos
faciales que evidencian deficiencias nutricionales de los padres,
especialmente de la madre durante el embarazo y durante la lactancia,
además de una mala alimentación durante la infancia y adolescencia. Este
tipo de rasgos va en aumento, ya que, bajo condiciones civilizadas, la
escoria biológica es más promiscua y tiene una mayor tasa de natalidad
que la élite. Además, actualmente, la "solidaridad" mal entendida de la
civilización tiende a proteger legados genéticos defectuosos, mientras
dilapida la genética valiosa. En las sociedades tradicionales, con los
rigores de la selección natural a toda orquesta, la escoria genética se
mantiene bajo mínimos.
8. Sensatez o extinción. Si
el hombre moderno pretende sobrevivir a largo plazo, debe operar una
revolución alimentaria, emular los rigores del mundo natural y adoptar
la sabiduría nutricional del hombre "primitivo". De lo contrario, se
enfrenta a tasas de esterilidad en aumento constante y a la extinción
por ineptitud evolutiva. El hombre moderno se enfrenta a la posibilidad
de que el instinto humano vuelva a la superficie y pase del
subconsciente al consciente, saltando todas las barreras, cortando todos
los lazos, manifestándose de la manera más primitiva y reclamando los
derechos que legítimamente le pertenecen.

El precio de traicionar a los antepasados y de volverle la espalda a la
Naturaleza. Todos estos individuos pertenecen a grupos étnicos
tradicionales que han adoptado recientemente la dieta traída por la
sociedad industrializada. Algunos (como los dos africanos de abajo a la
izquierda) trabajan en plantaciones dirigidas por occidentales, otros
(como el de arriba a la derecha, bien peinadito pero con una dentadura
lamentable) son personas "privilegiadas" que han tenido acceso a una
educación "civilizada"… aunque desgraciadamente también han tenido
acceso a la comida "civilizada". Los resultados son siempre los mismos:
degradación dental en diversos grados (según fuese mayor o menor la
proporción de productos procesados en su dieta), estaturas más bajas,
rostros y mandíbulas más estrechos, aletas nasales menos desarrolladas
(incluso llegando a la obstrucción permanente de las vías nasales, hasta
el punto no poder respirar sino por la boca) y un aspecto más débil y
enfermizo que el de sus compatriotas "salvajes". Cuando pensamos que el
hombre occidental lleva muchos siglos viviendo bajo este tipo de
alimentación, comprendemos el inmenso daño perpetrado.
Que todos estos principios funcionaban en su aplicación práctica lo demostraría más tarde George E.
Meinig (1914-2008), director de cirugía oral, nutricionista y miembro
de la Price-Pottenger Foundation. Sus principios
nutricionales y el excelente efecto dental que resultaba de su
aplicación alcanzaron tal fama en ciertos medios elitistas que fue
contratado por el estudio 20th Century Fox para ser el "dentista de las
estrellas" y aconsejarles en materia de nutrición. En cambio, estos
principios jamás se predicarían en medios destinados al público común.
Página web de la WAPF (Weston A. Price Foundation).
http://europasoberana.blogspot.com.es/2013/05/nutricion-y-degeneracion-fisica-el.html