La estación de Tiergarten en Berlín en 1945 repleta de refugiados llegados de la parte este de Alemania (Fotografía: Fritz Eschen)
No fue fácil para las viudas con hijos, lisiados y ancianos que
perdieron sus hogares en los bombardeos y se quedaron sobreviviendo con
hambruna y sin ningún sistema de transporte, sin dinero, y, normalmente,
sin ganas de vivir.
En cientos de ciudades bombardeadas, los civiles vivían en sótanos, en semi-destruidos refugios antiaéreos o en húmedos
bunkers,
sin electricidad, ni gas, ni agua corriente y en medio de los
escombros con el hedor de la muerte siempre presente con órganos y
miembros humanos esparcidos por doquier.
Ciudades de todo el oeste de Alemania fueron un hervidero de refugiados sin hogar, que se sumaban a la miseria ya existente.
La gente comía cualquier cosa que pudiera encontrar, incluso
ratas. Sopa de col y patatas era su única dieta. Después de varios meses
fue permitida una ración diaria de 1.500 calorías por persona
consistente en 5 rebanadas de pan negro, 3 patatas medianas, 3
cucharadas de harina de avena, 1 cucharadita de grasa y otra de azúcar.
Ocasionalmente era autorizada la entrega de un pedazo de carne o pescado
(la mitad del tamaño de un huevo) y 3 cucharadas de vegetales. No había
tiendas ni comercios.
Los pocos que podían trabajar en las industrias puestas en marcha por
los norteamericanos lo hacían por una comida al día que la mayoría se
llevaba para dársela a sus hijos o familiares. Fue dada la órden
estricta al personal militar estadounidense de destruir las sobras de
sus alimentos o hacerlas incomestibles para que no fueran aprovechadas
por la población alemana.
La
División de Guerra Psicológica Americana (SHAEF), entró en acción y comenzó la implantación de su campaña de propaganda
psicológica con el propósito de desarrollar en los alemanes un
sentimiento de culpa colectiva y de responsabilidad.
El uso de los medios alemanes controlados por los americanos puso en
marcha una intensa campaña de humillación contra la opinión pública
alemana postrándola ante la aceptación de que todos eran culpables de
crímenes contra la humanidad de una forma u otra.
Además, para
“crear una imagen de la ocupación en la mente alemana” y hacer cumplir
“la democratización”,
la crítica contra los ocupantes aliados fue declarada ilegal, como el
pronunciamiento o desaprobación de acciones aliadas durante la guerra,
incluyendo las misiones de bombardeo contra civiles.
Los oficiales de unidades de la
SHAEF instruían a las tropas para convencer al pueblo alemán de los supuestos ideales y valores estadounidenses.
Estos programas de
“reeducación” instituidos para
“desintoxicar” el pueblo alemán agravaban aún más la situación de emergencia en la población. Una de las aplicaciones más duras fue la
Ley de Gobierno Militar Nº 8,
que prohibía a cualquier ex miembro del partido NS (entre los que se
encontraban millones de profesionales excelentes) trabajar en su
especialidad pudiendo hacerlo solamente como obrero.
Incluso en zonas con una grave escasez de personal médico, éstos y
las enfermeras alemanas fueron despedidos de sus puestos de trabajo
debido a su pasado político, resultando una pérdida irreparable de
ayuda médica para miles de personas en el momento que más
los necesitaban.
Esto dio lugar a aún más innecesaria pérdida de vidas entre la población civil. El presidente de los EE.UU.,
Truman, se negó a paliar la hambruna de la población alemana en diciembre de 1945, indicando que:
“A
pesar de todos los alemanes podrían no ser culpables de la guerra,
sería muy difícil establecer un mejor trato a los que no tenían nada que
ver con el régimen nazi y sus crímenes”.
En Estados Unidos, el senador
Homer Capehart comentó en el senado el 5 de febrero de 1946:
“Durante
nueve meses este gobierno ha estado llevando a cabo una política
deliberada de hambruna masiva sin distinción alguna entre inocentes y
culpables”. Mientras, los ocupantes estadounidenses obligaban a las
mujeres a enterrar a los muertos después de sacarlos de entre los
escombros y aplicando un
“extra” en la dieta de un huevo por
persona al mes, un litro de leche por semana por cada niño, menor de
diez años, y media libra de mantequilla mensual por familia.
Todas las escuelas permanecieron cerradas hasta que el plan estructurado para
“desintoxicar” el espíritu alemán y
“destruir la voluntad alemana de hacer la guerra” fue aprobado y cuando así sucedió fueron reabiertas y administradas por socialistas de izquierdas.
La enseñanza de la historia alemana, fuera de la época que fuera, estaba estrictamente prohibida.
En la primavera de 1946, las raciones oficiales permitidas a los
civiles habían caído a 1.275 calorías diarias y en algunas áreas hasta
las 700. Estas asignaciones estaban muy por debajo del mínimo necesario
para mantener la salud de la población y de su capacidad para realizar
un trabajo productivo.
Eso si: la población civil era espolvoreada rutinariamente con
DDT para prevenir el tifus.
La política de
“desnazificación” de
Eisenhower seguía siendo prioritaria. Durante la primera ola de
“reeducación”
en las zonas ocupadas por los aliados reinó la venganza y adultos que
residían en la zona ocupada por EE.UU. fueron separados en distintas
categorias: Nazis peligrosos, nazis comunes, simpatizantes nazis y el
resto.
Todos los funcionarios públicos fueron expulsados de sus cargos: 150
000 de los cargos públicos y 73.000 de los empresariales. Naturalmente
no recibieron ni su salario ni su pensión y solo se les permitió
presentarse a trabajos de baja categoría.
En abril de 1946, una ley especial sustituyó a 545 tribunales civiles
por títeres políticos alemanes de izquierdas o comunistas. Esto duró
hasta el comienzo de la llamda
“Guerra Fría”.
Se impuso un estricto toque de queda e incluso los rumores estaban
totalmente prohibidos. En esos tribunales militares se trataba a la
gente con extrema dureza. Uno de los acusados recibió 20 años de
prisión por
“difundir rumores perjudiciales para los intereses de los aliados.” Otro fue condenado por
“la celebración de una reunión pública” (haber invitado a unos amigos a su casa para celebrar su restauración).
También hubo órdenes contra la fraternización con los civiles, sobre
todo con las mujeres alemanas, llegándose por esa causa a los 3,5
millones de autos de procesamiento y 950.000 multas.
El proceso de
“reeducación” duró tres años, hasta 1948. Durante este tiempo, 1.549 personas fueron clasificadas como
“nazis importantes”, 21.600 como
“nazis” (a secas), 104.000 como
“nazis de poca monta”, y 475.000 como
“simpatizantes”.
Alrededor de 9.000 recibieron penas de prisión, 500.000 fueron
multados, 25.000 fueron desposeídos de todas sus pertenencias y
alrededor de 180.000 fueron arrestados y detenidos.
A principios de 1947, los aliados llegaron a la cantidad de 90.000
detenidos ex-nazis y la mayoría fueron internados en campos de
concentración.
Los franceses e ingleses ponían mucho menos interés en la
“desnazificación”, mientras que los soviéticos utilizaban los procesos para deshacerse de sus
“enemigos políticos y de clase”.
En el este, los soviéticos (que todavía estaban en guerra) pusieron
los ex-campos alemanes de concentración de nuevo en funcionamiento y los
llenaron de supuestos nazis y de todos aquellos que se negaban a
cooperar con los comunistas.
En la zona rusa, 30.000 personas fueron juzgadas por crímenes de
guerra; 200.000 presuntos nazis fueron expulsados de sus puestos en la
administración o de sus negocios, 20.000 maestros fueron despedidos y
de ellos 500 condenados a muerte y ejecutados.
El Silencio de la Verdad