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En la patria de Goethe, de Kant, de Mozart y de Kepler, los cachorros de
las hienas, recien salidos de sus guaridas, ejercitan sus garras y se
afilan los colmillos en la carne tierna de sus presas entregadas a su
salvaje apetito de fieras indomables.
En primer plano, el drama de un mundo que se encamina hacia una
tragedia: la de su fin programado e impiadosamente llevado a cabo. Un
aire irrespirable de exhalaciones mefíticas reina en el ambiente. El
hedor de las alimañas que se alimentan de la carne en descomposición de
sus víctimas se expande como un veneno mortal.
La civilización es entregada a las bestias, ya dueñas de su terreno de
caza, dando zarpazos, las fauces babeantes. Por esas calles caminaba
Beethoven, los oidos ausentes y la cabeza llena de música; en aquella
plaza Schiller meditaba bajos los tilos; a orillas del río paseaba la
silueta de Schopenhauer…
Por esas avenidas desfilaban las falanges heroicas al son de las
fanfarrias victoriosas de una nación protagonista de la más vibrante
epopeya del hombre blanco antes de caer bajo la zarpa monstruosa de los
enemigos del Bien, la Verdad y la Belleza.
En la patria de la ciencia, la razón y la belleza, el derrumbe de todo
cuanto fue grande y noble ha dejado el paso libre a la barbarie, con sus
instintos primarios, su hambre primordial, su ferocidad inherente.
En la desolación actual de este paisaje en ruinas, estas imágenes nos
anticipan la confrontación inevitable a gran escala de los actores en
escena. Son dos mundos frente a frente, uno que se desvanece y otro que
se afirma; uno violento y otro atemorizado; uno seguro de si mismo y
otro desorientado; uno que avanza y otro que retrocede.
Una elemental y urgente lección surge de esta escena:
La Historia y la Naturaleza nos dicen, sin rodeos ni misterios, en su
lenguaje claro y sin artificios, que la vida es lucha, no entrega,
abandono ni sometimiento. Quien no lucha perece, desaparece, se vuelve
nada. Toda vida inútil es una muerte anticipada, toda huida es la
derrota aceptada.
Sólo merece la vida aquél que debe conquistarla a diario.
Un aire de catástrofe se cierne sobre las desventuradas cabezas de una
humanidad vendida a bajo precio y entregada a sus matarifes. Por encima
de esos negros presagios resuenan las palabras del poeta, como una
advertencia, como señalando la única alternativa posible a la muerte y
la esclavitud:
“Sobre la gran balanza de la fortuna, raramente se detiene el fiel.
Debes subir o bajar. Debes dominar y ganar o servir y perder, sufrir o
triunfar, ser yunque o martillo”. Johann Wolfgang von Goethe