Por Enrique de Diego.- Se cumplen 800 años de la decisiva batalla de
Las Navas de Tolosa. Es una efeméride providencial que uno tiene la
sensación de que se quiere hacer pasar desapercibida. Y la cuestión es
por qué.
La importancia de Las Navas de Tolosa no puede ser minimizada. Es una
de las grandes batallas de la historia de la Humanidad por su épica y
sus consecuencias. Al nivel de las Termópilas, Waterloo o el desembarco
de Normandía y a mucha distancia de la de los cuernos de Hattin. El
imperio almohade formó la más grande coalición del islam después de las
grandes expansiones de los primeros califas y los omeyas. De hecho, los
almohades -unicistas, seguidores del alucinado Ibn Tumart- proclamaban
que su objetivo era acabar con la Cristiandad toda y tomar Roma para
convertirla en la caballeriza de los musulmanes. Unos pocos años antes
rechazaron con suficiencia el pedido de ayuda de Saladino para tomar
Jerusalén por considerarlo un objetivo menor al lado de sus ambiciosos
planes.
Coalición del islam, porque se combatió contra todo el islam. Éramos
frontera con el islam, no o no sólo con Al Andalus. Los andalusíes
fueron una pequeña minoría en el ejército musulmán, sólo relevante su
cuerpo de caballería pesada, muy similar a la superior cristiana. Desde
Almanzor, que formó su ejército íntegramente con mercenarios, los
andalusíes no formaban de manera fundamental en ningún ejército
musulmán. En Las Navas había cábilas del Atlas, gente de las actuales
Marruecos, Argelia, Mauritania, Ifriqiya-Túnez, árabes, yemeníes,
sirios, los peligrosos jinetes arqueros kurdos -los guzz- capaces de
disparar y acertar en plena galopada, y negros sudaneses y senegaleses
que formaban la guardia personal de esclavos del califa, del emir de los
creyentes, del Miramamolín.
Se luchó contra todo el islam, no contra Al Andalus
No se luchó contra Al Andalus sino contra el islam todo, en pleno
poderío. Al Andalus había pasado a ser una cora o provincia del imperio
almohade -la huérfana, como la había denominado el Mahdi almohade, Ibn
Tumart. Ante la debilidad de las primeras taifas frente al empuje de los
reinos cristianos, los andalusíes establecieron que preferían ser
camelleros de los musulmanes que porqueros de los cristianos y llamaron
en socorro a sus hermanos de fe. Los almohades actuaron como invasores y
dominadores.
Eran integristas que consideraron a los andalusíes musulmanes
débiles, de segunda, poco menos que takfires o apóstatas, maulas desde
luego, de mala sangre musulmana. He rendido homenaje en mi novela “Las
Navas de Tolosa” al noble andalusí Ibn Qabdis que fue degollado por los
almohades tras la pérdida de Calatrava. Los cronistas almohades culparon
a los andalusíes de la desbandada que condujo a la terrible derrota.
Conscientes del carácter decisivo de Las Navas: Cruzada
La importancia decisiva de la batalla, por supuesto estuvo en el
ánimo de todos los contendientes; la convicción de estar dirimiendo a
espada un litigio ancestral, el destino de dos mundos. Inocencio III
declaró Cruzada con las correspondientes indulgencias para la
cuarentena. Acudieron tres reyes -Alfonso VIII de Castilla, Sancho VII
de Navarra y Pedro II de Aragón-, nobles de Portugal y León aún a riesgo
de que les confiscaran sus tierras, con lo que estuvieron representadas
todas las Españas, y ultramontanos, de toda Europa, bastantes veteranos
de la cruzada contra los albigenses, pero también desde Austria, la
mayoría de todos los cuales, salvo ciento veinte contados, que
combatieron en vanguardia, abandonaron tras la toma de Calatrava.
Navarra, bajo el entusiasmo del triunfo providencial, cambió en su
escudo de armas su águila negra por los eslabones de hierro, con los que
se ataron los esclavos de la guardia personal para defender el
palenque, y la gran esmeralda que se encontró en la jaima bermella del
Miramamolín.
Las consecuencias fueron de extraordinaria importancia. Se puso fin
definitivo a la expansión islámica en el frente occidental. Desde
entonces, todo fue retroceso. La frontera saltó por encima de los
picachos de Sierra Morena y ya no volvió atrás, abriéndose todo Al
Andalus a la reconquista. Desde la batalla de Las Navas a la toma de
Granada, con la expulsión definitiva del invasor musulmán allegado
merced a la traición del conde don Julián, hay una línea recta con pocos
meandros: guerra civiles sucesorias en Castilla y el refuerzo invasor
de la marea, menos fuerte que la de los almohades, de los benimerines.
Efectos que duraron siglos, cierto, porque entonces la historia marchaba
a velocidad de caballo.
Eran hombres de una pieza, con fe y con ánimo de lucha
Me permitiréis que, con veneración, rememore el heroísmo de aquellos
hombres de una pieza que lo dejaron todo para, tras recorrer tierras
inhóspitas, enfrentarse al sarraceno. Pocos años antes, en 1195,
Castilla había sufrido una severa derrota en Alarcos a manos de los
almohades. Hubo, pues, de elevarse desde la prostración con gran
determinación y energía vital. No esperaron al enemigo sino que se
encaminaron decididos a su encuentro, a pesar de la previsible
superioridad numérica del adversario. Dieciséis jornadas tardó la hueste
de Cristo en recorrer el yermo entre Toledo y la frontera natural de
Sierra Morena. Sufrieron hambre y penalidades marchando bajo un sol de
justicia. Los ultramontanos, de hecho, abandonaron, sumiendo al ejército
en depresión, superada por la llegada de los navarros a Calatrava. Se
encontraron ante una Sierra Morena infranqueable. ¿Cómo subir por
aquellas empinadas montañas con el enemigo ocupando las crestas?
Decidieron seguir hacia una muerte segura. Sólo la aparición de un
extraño y desaliñado pastor, informante de un paso seguro, les salvó. El
ejército de Cristo lo tuvo, en su desesperación superada, en su fe
gruesa, por un enviado del cielo. Contra una abigarrada hueste
musulmana, que cuanto menos les doblaba en número, cargaron cuesta
arriba, lo cual en los tiempos medios era derrota segura.
Tres reyes cabalgaron hacia la muerte o hacia la gloria
Allí estaban todos entonando el Veni creator de los cruzados. Toda
España. Tres reyes cabalgaron el día 16 de julio de 1212 hacia la muerte
o hacia la gloria, sin otra disyuntiva. Estuvieron los hombres libres
de frontera, las milicias concejiles, sin semejanza en ninguna parte del
mundo. Las milicias de Segovia, Ávila y Medina, a caballo, pues
caballeros villanos eran, formaron en la costanera derecha bajo el mando
del gigante Sancho VII el Fuerte, 2,27 de cuerpo fornido, capaz de
utilizar el pesado y letal látigo de guerra, con sus caballeros navarros
y los renombrados infantes del Valle del Baztán. Don Diego López de
Haro, señor de Bizcaya, con sus bizkaínos en vanguardia, peligroso honor
debido a su nombradía como cuna de Castilla.
Los nobles, sin
reservarse, con sus mesnadas porque nobleza, obliga. Los reinos
cristianos, en su guerra divinal, en su apasionada adhesión a la fe,
habían generado poderosas autodefensas: las órdenes militares, formadas
por campeones, mitad monjes, mitad soldados, que luchaban no sólo contra
sus pecados sino también contra los enemigos de Cristo.
En las tierras de Hispania prendieron con fuerza las internacionales,
Temple y Hospital, a las que se tuvo en gran aprecio; también
germinaron otras autóctonas: Calatrava, Santiago o de la espada -la
única que admitía casados y, por ende, familias enteras que la nutrían
de levas continuas de guerreros- y Alcántara, que había sido diezmada
hasta la extenuación en Alarcos. Los freires piadosos -los templarios
entraban en batalla entonando el salmo 2- fueron fundamentales
soportando lo más fiero de la acometida sarracena en el centro y
resistiendo con coraje y sin desmayo.
La libertad se enfrenta y vence a la sumisión
Permitidme que recree esa escena final de la batalla. Cuando los tres
reyes parlamentan a la vista de la determinación de la guardia personal
del Miramamolín, cuyos miembros se han enterrado hasta las rodillas y
se han atado con pesados eslabones de hierro. Han formado una fortaleza
humana mostrando su determinación a morir. Nada más gráfico: se van a
enfrentar la libertad y la esclavitud, la dignidad y la sumisión, la
Cruz y la media luna.
Algunos por qués. Por qué Castilla hizo esa proeza de ir a buscar al
enemigo: no podían permitir que asolaran Castilla generalizando la
hambruna. Por qué los musulmanes se mantuvieron a refugio de las
montañas. Era una situación privilegiada, pero también tras Alarcos
habían demostrado imprevisión logística fracasando en el asedio de
Huete. Hambreados, en su retirada a Sevilla regaron el terreno de
cadáveres. El ejército musulmán ya había tenido serios problemas de
aprovisionamiento antes de cruzar el Estrecho y estuvo a punto de
amotinarse en Córdoba. Los invasores almohades depredaron a los
andalusíes para resolver la situación. Por qué se fueron los
ultramontanos. A las penalidades se unió la falta de botín en Malagón y
Calatrava y rompían de continuo la unidad de mando fundamental en una
contienda.
Una aportación: El cantar del Mío Cid fue propaganda movilizadora. La
copia de Pere Abatt tiene fecha de 1207, vísperas de la gran batalla.
Sabemos que el egregio don Rodrigo Ximénez de Rada, arzobispo de Toledo,
utilizó en la predicación de la Cruzada no sólo a sacerdotes y frailes
sino también a los juglares; no sólo los púlpitos, también las plazas.
Se trataba de ofrecer un héroe, un ejemplar a seguir, con gran realismo,
alguien capaz de elevarse mediante la proeza y conseguir honores y
botín luchando por Cristo.
Los andaluces son descendientes de los ganadores de Las Navas
Un recordatorio: El príncipe Fernando, malogrado heredero de
Castilla, alma de la Cruzada, que había raziado Játiva, y que murió de
fiebres poco antes de la batalla que él había promovido con tanto
ahínco.
Una evidencia: Los actuales andaluces son descendientes de los
vencedores de Las Navas de Tolosa y no de los que fueron vencidos. Ya he
dicho que los andalusíes fueron exigua minoría en el impresionante
ejército musulmán. Pero es que en cada reconquista -sí, reconquista,
basta ya de cuestionar lo claro, de negar la realidad- se procuraba la
marcha de los sarracenos hacia el otro lado del Estrecho. Cuando San
Fernando III tomó Sevilla, la ciudad quedó deshabitada durante tres
días. Luego fue repoblada. Conocemos el origen mayoritario de aquellos
repobladores: eran gallegos.
Vamos a la cuestión central de por qué se pretende que pase
desapercibido el aniversario y por qué es providencial y hemos de
esforzarnos que ese designio fracase con estrépito. Dejo al margen esos
cuentos chistosos del Al Andalus tolerante y los belicosos cristianos.
Córdoba fue siempre un mercado de esclavos y esa era su principal
industria: la esclavitud. Cuando los reinos cristianos se fortalecieron y
ese flujo se cortó, Al Andalus decayó irremisiblemente. Reitero que se
luchó contra el islam. Es una estupidez soberana tildar a Las Navas de
Tolosa como guerra civil. Se luchaba, con plena conciencia de ello,
contra el invasor y en este caso por partida doble, pues los almohades
también habían invadido Al Andalus convirtiéndolo en una cora. Toda la
pulsión de la reconquista de todos los reinos se hace bajo la idea
gótica de la recuperación del reino de los padres godos.
Se luchó por España y por Cristo y eso no se quiere recordar
No se quiere recordar Las Navas de Tolosa porque allí se luchó por
dos conceptos que movían intensamente los corazones de los exitosos
combatientes: España y Cristo. El contenido religioso es patente y
clamoroso, desde la misma declaración de Cruzada, pero, además, ahí
tenemos las vírgenes arzoneras, como la del obispo de Palencia, Tello
Tellez de Meneses, la hermosa cruz de don Rodrigo o el emblema del
calvario que portaba el canónigo Domingo Pascuale y que atravesó todas
las filas sarracenas. Se luchó para que no les impusieran las extrañas
costumbres de la maldita secta de Mahoma, como decían. En la batalla
murió un obispo al frente de su mesnada, don Juan Maté, obispo de
Burgos. Y los maestres de Santiago, Pedro Arias, y el Temple, Gómez
Fernández y fue mutilado el de Calatrava.
Se luchó por España. Me sorprende antes de enervarme la compulsiva
tendencia a cuestionar esa evidencia. Me remito al espléndido libro
“Hechos de España” o Historia gótica, de don Rodrigo Ximénez de Rada,
nacido en Puente la Reina (Navarra), tan español, tan patriota, que toma
con claridad partido por el arriano Leovigildo contra el católico San
Hermenegildo, porque éste mal hijo pretendió declarar independiente la
Bética. Lo que describe don Rodrigo es una España que ha perdido su
unidad y ha de recuperarla. Años antes, había dado y ganado una batalla
eclesiástica que relacionaba con esa unidad de España, que tanto amaba.
Planteó a Roma la diócesis de Tarragona ser considerada primada del
reino de Aragón. No le faltaban razones pues aducía ser Tarraco la
primera diócesis cristiana desde los tiempos de Roma. Se indignó don
Rodrigo, que execraba a los romanos, pues si se retrotraían a aquel
tiempo en nombre de qué luchaban contra los agarenos. Exigió que fuera
considerada Toledo la única primada de Hispania, por la legitimidad de
los godos, y Roma le dio la razón pues el derecho de la sede de los
grandes concilios no había prescrito, como se consideraba en la Edad
Media, aunque hubiera estado tiempo bajo el dominio del invasor.
Los descendientes de los vencedores, en su decadencia, odian a España y a la Cruz
Se quiere ocultar la conmemoración y minimizar la batallas de Las
Navas de Tolosa porque en ésta Hispania lela y decadente, se han
degradado tanto las mentes y los espíritus, que se odia por lo que
lucharon nuestros ancestros, la Cruz y España. Allí estuvieron el obispo
de Barcelona y todos los nobles catalanes y los bizkaínos tan
orgullosos de ser los castellanos por excelencia, los españoles, y los
navarros, los mejores navarros.
Es, en ese sentido, la efeméride de los ochocientos años
providencial, como lo fue la aparición del extraño pastor salvador, pues
en esta España que se tambalea, impotente y sin recursos morales, en la
que las gentes son llevadas a la indigencia y a la hambruna, en la que
son conducidas al matadero y ni tan siquiera balan, en esta España a la
que hubiera amado en todo tiempo pero en estos, de tanta ofensa y tan
estupidez, me siento llamado a quererla con pasión, porque España y
libertad son sinónimos, a la que se trata de destruir, hurtando durante
décadas la historia común, la veneración a nuestros héroes, es preciso,
es fundamental, es decisivo revitalizar nuestro patriotismo y tomar
ejemplo de los hombres de Las Navas de Tolosa, en su capacidad de
superación. El amor a España es un vector fundamental para salir de esta
crisis que tiene también su fundamento en el odio suicida a la Cruz y
al cristianismo, que es el cimiento de la dignidad humana, de la
libertad personal, y que no es la raíz de España, sino la raíz, el
tronco, las ramas y las hojas de España.
La nueva invasión islámica subvencionada
En esta España decaída, a la que atacan o de la que se avergüenzan
sus dirigentes, se sufre, además, una especie de nueva nueva invasión
islámica, una islamización, con demografía expansiva, que es promovida y
subvencionada por los poderes públicos, mediante la confiscación de los
bienes de los españoles autóctonos, a través del monopolio estatal de
la violencia. Un proceso coactivo y agresivo. Ahí están los acuerdos
preferenciales migratorios de la Generalitat catalana con Marruecos, la
entrega gratuita de suelo para construir mezquitas y la ingente cantidad
de dinero público que se destina a financiar asociaciones islámicas y a
las avanzadillas islamizadoras. Hoy hay ya ciudades y barrios de España
que los almohades considerarían como suyas, donde se sentirían tan a
gusto como si hubieran ganado en la jornada del 16 de julio de 1212.
Hay que revertir ese proceso. Y la efeméride es la ocasión que se nos
ofrece providencialmente, repito, y que no podemos desaprovechar. De
nuevo por Hispania se extienden los eslabones de hierro de la
esclavitud, de nuevo en el horizonte se dibuja la cimitarra amenazante y
humillante de la sumisión y de nuevo es preciso que surjan hombres de
frontera, amantes de la libertad, que, desde la admiración agradecida a
quienes nos precedieron, vuelvan a sentir imperiosa la campana a rebato y
sientan latir con fuerza en sus corazones España y la Cruz.
España, nuestro pasado, nuestro presente y nuestro futuro. Santiago y cierra España.
Dios guarde a España.
No nobis, Domine, nos nobis, sed nomine tuo da gloriam.
*Escritor y periodista.
http://www.alertadigital.com/2012/06/15/enrique-de-diego-escribe-sobre-las-navas-de-tolosa-lucharon-y-vencieron-por-la-cruz-y-por-espana/