La intención de esta reseña no es resaltar la capacidad militar que hizo legendaria a la infantería española de los siglos XV al XVII, insistir en ello empieza a resultar más cansino que redundante. Todo o casi todo está dicho, en ocasiones ensalzado más allá del legítimo orgullo histórico hasta el borde exterior del chauvinismo. No pretendo pues marear perdices con apologías diferidas a tres o cuatro siglos, solo reflexionar sobre las mismas dos preguntas que me siguen azorando y que, supongo, azoraban también a los adversarios de nuestros antepasados: “¿de dónde han salido estos tipos?” y “¿cómo demonios se las apañan para hacernos picadillo de esta manera?”
Sobre la primera cuestión Francisco I de Francia da en su momento una pista interesante.
-“¡Bendita España que pare y cría los hombres armados!”.
Parece ser que dijo el rey francés
viendo jugar a los niños españoles con espadas de madera. Frase que da
que pensar: ¿Acaso en Francia los niños no jugaban con espadas de
madera?; ¿o es que los niños españoles más que jugar se zurraban de
verdad con genuina mala leche ibérica? Alguna diferencia percibiría el
soberano galo, a la sazón prisionero en la Torre de los Lujanes de
Madrid desde la batalla de Pavía, experiencia sin duda esclarecedora
para sus observaciones sobre los juegos infantiles hispanos.
La segunda cuestión puede resultar algo
más compleja. La infantería que se impondría en los campos de batalla de
la tumultuosa Europa de los Habsburgo –de paso en el Mediterráneo y
América- había tenido crisol en siete siglos de cruenta guerra
peninsular, la Reconquista cuajaría mentalidad y cultura guerrera en una
sociedad semi-militarizada. Tras tan prolongada forja y merced a las
campañas italianas del Gran Capitán, los españoles encabezarán la
revolución militar del s. XV. El soldado de a pie arrebata a la
caballería acorazada el protagonismo táctico que había acaparado en la
Edad Media, merced al desarrollo de las armas de fuego portátiles. La
infantería vuelve a ser “la reina de las batallas” y los infantes
españoles el referente de los nuevos tiempos bélicos.
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En la capacidad militar de cualquier
ejército intervienen factores objetivos y subjetivos. Los objetivos son
técnicamente muy concretos y por tanto planificables y gestionables:
grado de adiestramiento individual y colectivo, armamento, logística,
doctrina táctica, dirección estratégica y alguno más por no poner “etc.”
Los subjetivos son menos tangibles aunque no menos relevantes ni, pese a
su inmaterialidad menos planificables o gestionables: motivación,
acometividad, moral y disciplina de las tropas, liderazgo del mando,
capacidad de adaptación… y aquí si pongo un etc.
Solo un factor crucial es realmente
imprevisible: La suerte. No pocas veces el signo de las armas se ha
resuelto de puro churro. No pondré ejemplos porque esto no es un ensayo y
ya me estoy alargando, pero quien es gafe gana pocas batallas y menos
guerras. No digo con esto que al final todo es cuestión de potra, pero
si recordamos el aserto “la fortuna sonríe a los audaces” lo que es
audacia no faltaba a aquellos señores soldados.
“… porque españoles pelear tienen por gloría y vencer por costumbre…”
Así reza la carta que pide a los
amotinados de Alost unirse al socorro de Amberes… en proporción de uno a
cinco a favor del enemigo, todo un manifiesto de la mentalidad de
aquellas tropas tan acostumbradas a pelear en inferioridad numérica como
a imponerse a pesar de ella. Pero estar convencidos de ganar es algo
bidireccional, el enemigo también lo acaba asumiendo “al otro lado de la
colina”, que diría Sir Basil Liddell Hart.
Tenía que apetecer muy poco enfrentarse a
aquellas malas bestias que no daban ni pedían cuartel mientras
acuchillaban y disparaban como locos, pero en silencio. Eso sí tiene que
acojonar mientras los tuyos no paran de dar alaridos para ahuyentar el
canguelo, o porque te acaban de endiñar un pelotazo de plomo de tres
onzas o dos palmos de toledana entre pecho y espalda. Sí, mal asunto
batirse con aquella gente temible, diestra y acostumbrada a vencer, algo
que por psicología de compensación inspiraba en sus adversarios cierta
predisposición, fatalismo a veces, a ser derrotados.
“Tal parece que Dios es español al obrar, para mí, tan grande milagro”.
Tal conclusión extraía el almirante
Holak después que un viento tan inusual como frío helara las aguas del
Mosa, permitiendo a los hombres del Tercio de Bobadilla atacar y
derrotar a la escuadra que a su mando los cercaba en la Isla de Bommel.
La resignación de Holak no puede contrastar más con la actitud de los
nuestros la víspera de aquel 8 de diciembre de 1585 – día en que la
Inmaculada Concepción se ganaría sus galones de Patrona de la Infantería
Española – pese a su desesperada situación en el alto de Empel.
Reunió Bobadilla a sus capitanes y les dijo: “El
hambre y el frío nos llevan a la derrota; nos salvó el milagroso
hallazgo. Nosotros velaremos por España; ¿queréis que se quemen las
banderas, se inutilice la artillería y abordemos en la noche a las
mayores galeotas hasta ganarlas o todos perder la vida?” Asintieron los capitanes y a la propuesta de rendición del conde Hardich le contestaron: “Los españoles prefieren la muerte a la deshonra”.
Y ya es mala leche lo de Holak, acaso el
único almirante de la historia cuyas naves no son capturadas por otras
naves, sino por infantes que caminan sobre las aguas.
Lo cierto es que nuestros antepasados
hicieron de la explotación psicológica de su actitud en combate un
factor de éxito militar de primer orden. Para muestra la descripción
casi fotográfica que el coronel Ostau, oficial de Gustavo Adolfo de
Suecia, hace del Tercio de Idiaquez en Nördlingen (1634), cuando éste
maniobra cubriendo el hueco de la desbandada tudesca en las líneas
españolas.
“Entonces avanzaron con paso
tranquilo, cerrados en masas compactas. Eran casi exclusivamente
veteranos bien probados, sin duda alguna la infantería más fuerte con la
que he luchado nunca”.
Olvidó añadir el sueco. “… y luego nos dieron la del pulpo, aunque éramos más”
Contestando al fin a la segunda cuestión
y dando corolario a toda esta elucubración, temo que mi conclusión no
sea muy espectacular: Se habían acostumbrado a ganar. La reiteración de
éxitos militares había llegado a consolidar un intangible identitario,
una tradición de victoria que como poderoso substrato
moral impulsaba el avance de los escuadrones y clavaba los cuadros al
terreno como si tuvieran cimientos cuando tocaba defender. No se pensaba
en la derrota porque era algo impensable para españoles… aunque
derrotas las hubo y de las de echarse a llorar.
Ninguna frase resume estas líneas como la siguiente del inigualable Alonso Contreras.
“Nada queda fuera de mi alcance con diez dedos en las manos y ciento cincuenta españoles”
Y era verdad.
Miguel Ortego
Miguel Ortego Agustín,
vallecano de nacimiento y toledano de adopción, es un apasionado de la
historia militar en general y particularmente de la de España. En
especial de la Guerra Civil Española, La Guerra de Marruecos y sobre
todo de la Infantería Española en el periodo que va de los siglos XV al
XVII. Veterano de Infantería de Marina, es suboficial de la reserva del
Ejército de Tierra y colabora habitualmente en revistas de historia
militar y actividades de recreación histórica.



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