lunes, 15 de junio de 2015

Los últimos momentos de un marxista al morir VS los últimos momentos de un fascista al morir.

Para ser justos usaré al mayor revolucionario marxista por excelencia de habla hispana vs el mayor revolucionario fascista por excelencia de habla hispana.

El Che Guevara

 

“No disparen. Soy el Che Guevara. Yo valgo más vivo que muerto”, dijo el comandante guerrillero al ser capturado, según narró a Félix el soldadito boliviano que lo hizo prisionero.

Félix reseña aquel minuto de la Historia con un argumento humano: “Imagínate, fue un momento muy duro para él”.

El Che les decía a sus hombres que no podían dejarse capturar vivos, que la última bala era para ellos. Y mira que cosa, ningún cubano cayó preso, los mataron, solamente tres escaparon; el único que se rindió fue el Che, que era quien les decía a ellos que no podían cogerlos vivos.

A las doce del día del 9 de octubre de 1967, hora de Bolivia, y puesto que la CIA lo quería vivo, pero sus gestiones fueron infructuosas, usted va donde el Che y le dice: “Comandante, lo siento, yo he tratado, pero son órdenes superiores”. Dígame, el Che Guevara, tan acostumbrado a la muerte ajena, ¿cómo reaccionó ante la noticia de su propia muerte?

Se puso blanco. Blanco, blanco como un papel. Yo nunca he visto a una persona perder la expresión de la cara como la perdió él. Entonces se compuso y me dijo: “Es mejor así. Yo nunca debí ser capturado vivo”.

Si no fuera suficiente con la muerte de sus enemigos, convocó a los suyos a morir antes de caer prisioneros, pero cuando fue su vida la que estuvo en manos del soldado a quien emboscado combatió, el que en ese momento final tuvo frente a frente, entonces dijo: “No dispare”, invocando su nombre cual cheque al portador.


José Antonio Primo de Rivera

 

En marzo de 1936 el Gobierno del Frente Popular encarceló a José Antonio Primo de Rivera con la excusa de una posesión ilegal de armas de fuego. La misma izquierda que había montado la Revolución de Octubre (casi 1.400 muertos) y desperdigado patrullas que cortaban las carreteras se escandalizaba de que el fundador de la Falange Española de las JONS tuviera dos pistolas en su casa.

La sentencia fue de pena capital porque se le consideró culpable del delito de rebelión militar. ¡Una persona que estaba encarcelada cuatro meses antes de que esa rebelión se produjese!

José Antonio se enfrentó a los fusiles con un mono azul raído y unas alpargatas, como un miliciano más, aunque con las manos atadas a la espalda con grilletes. Rechazó con firmeza la venda para los ojos .

José Antonio recibió la descarga en las piernas. No le tiraron al corazón ni a la cabeza; lo querían primero en el suelo, revolcándose de dolor. No lo lograron. Él cayó en silencio, con los ojos serenamente abiertos. Desde su asombrado dolor, miraba a todos sin lanzar un quejido, pero cuando el miliciano que mandaba el pelotón avanzó lentamente, pistola amartillada en mano y encañonándolo en la sien izquierda, le ordenó que gritase "¡Viva la República!" –en cuyo nombre cometía el crimen–, recibió por respuesta otro "¡Arriba España!". Volvió entonces a rugir la chusma, azuzando a la muerte. Rodeó el miliciano el cuerpo del caído y apoyando el cañón de la pistola en la nuca de su indefensa víctima, disparó el tiro de gracia.

Fuente sobre la muerte del Che.

La quiebra final de una fría máquina de matar, el Ché

Fuente sobre la muerte de José Antonio.

Pedro Fernández Barbadillo - El asesinato de Primo de Rivera - Libertad Digital

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