miércoles, 28 de noviembre de 2012

SER DISIDENTE.

Ser disidente

Ser disidente es llevar una espada de luz por los laberintos de la edad oscura.

Ser disidente es sentir a cada paso la soledad de la estirpe, apretando nuestros corazones.

Ser disidente es optar por las alturas y también por los abismos.

Ser disidente es tallar escrituras sagradas sobre nuestra piel.

Ser disidente es arrojarse sobre el acero desnudo de la espada.

Ser disidente es volver siempre a las ciudades perdidas.

Ser disidente es haber perdido el sol de la Atlántida y recobrarlo en los hielos lejanos del Sur.

Ser disidente es ver el rostro de hueso de nuestros muertos como un espejo blanco en las tinieblas cotidianas.

Ser disidente es disentir con los dioses si éstos nos son adversos.

Ser disidente es ocupar las calles, hasta dominarlas.

Ser disidente es el mármol, el músculo, la piedra, el fuego, la montaña y los caminos.

Ser disidente es el último lobo de Europa en la caverna, el águila dormida en las alturas, el ciervo bramando en la profundidad de los bosques.

Ser disidente es dormir sobre puñales y despertar iluminado por los ojos de los niños de Dresde, de Berlín y de Hiroshima.

Ser disidente es asediar el tiempo del silencio, con banderas que estallan acercándose en el viento.

Ser disidente es ser siempre el último en retroceder y el primero en avanzar.

Ser disidente es ser el último hombre de pie, si es necesario, con el sol por testigo y la llama eterna de los nuestros por bandera.

Juan Pablo Vitali

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